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El jefe venía a cenar, y no había tiempo para cocinar. Una lubina de playa a la sal se me apareció luminosa como la solución a todas mis cuitas.
Normalmente la consumo de piscifactoría (8 euros el kilo), como toda la plebe. Está buenísima, por lo que una de playa tendría que ser la bomba. Mi jefe iba a flipar.
Pedí que me prepararan para hacer a la sal dos lubinas de playa: Su aspecto era espectacular, al igual que su precio. ¡Qué dolor! 33 euros el kilo. Casi 100 euros sólo en las lubinas, en una cena para seis personas. Si sumaba los entrantes, unos quesos, el vino, los postres, y algún aguardiente, más me hubiera valido invitar a todos a Ca Sento.
Al menos, las dos lubinas quedaron en su punto. Era difícil calcular el tiempo en el horno, dado su tamaño y la cantidad de sal que las cubría. Finalmente fueron 23 minutos, una vez precalentado. Pude emplatar con facilidad los lomitos junto con algo de sal gorda y unas gotitas de aceite virgen.
Resultado:
1- Estaba buenísima.
2- Pero no sé hasta que punto muchísimo mejor que otra de piscifactoría.
3- Tengo que ser sincero, en una degustación a ciegas, no tengo la certeza de cual hubiera elegido; a lo mejor tengo un paladar de estropajo, es así de triste.
4- Me preocupé mucho de decir que era lubina de playa. Todos dijeron que estaba exquisita. Creo que quedé bien.
Conclusiones:
1- Esa cena me destrozó el presupuesto del mes.
2- ¿Cuánto te tienen que cobrar en un restaurante si la lubina es realmente de playa? Ni 20 €, ni 25 €, ni 30 €. Las cuentas no salen.
3- Poco se puede hacer cuando el pescado de toda la vida -el de playa- es cada día más escaso y desmesuradamente caro. Aunque uno tenga reparos respecto a los piensos y engorde de lubinas, doradas o rodaballos en piscifactorías, o eres rico, o no tienes opción.
4- Reconozcámoslo. Somos todos un poco milongueros, cuando se baja el precio, se nos desploma el aprecio.
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