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Tengo un buen amigo, especialista en croquetas caseras -me tendrá que perdonar por la broma- que el otro día se entusiasmó al probar unas croquetas de bacalao que le serví en casa. "Cómo se notan que son caseras" exclamó. "Será un curro desalar el bacalao, quitarle la espinas y todo eso... pero ¡coño! Menuda diferencia" Lo vi tan entusiasmado que me supo mal decirle que era pasta comprada en el supermercado Consum, y no tuve más que pasarlas por huevo batido, y tirarlas a la sartén. Cierto es que estaban impresionantes. "Me tienes que dar la receta", me dijo... y aún está esperando.
Es triste y produce desconcierto reconocerlo, pero hoy los pescados ya no tienen espinas, la pasta viene preparada, la fruta no tiene rabito, la verdura no tiene un rastro de tierra, y la carne se separa de las visceras y de las extremidades, no sea que nos recuerden que proceden de algún animal.
Todo viene envasado, preparado, pre-cocinado, racionado, liofilizado, deslalado, pasteurizado... a pesar de todo, hay que reconocer que las croquetas de bacalao estaban de lujo.
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