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Al pasar a la hora del almuerzo bajo los soportales de JJ Dómine, se ven casi todos los bares ambientados, pero Cervecería Manolo está siempre a reventar. En principio extraña, porque es un garito tirando a cutre, sin el más mínimo encanto. Sin carta ni precios.
La razón de su permanente llenazo es la calidad del género que diariamente compra en el Mercat del Cabanyal; y en el margen razonable y decente que le aplica una vez elaborado.
De 8 a 11'30, empleados de navieras y consignatarias lo petan. A partir de ese momento se hace un pequeño claro hasta la hora del aperitivo; calamares, gambas, cigalas a la plancha, percebes, ostras, pulpitos de roca cocidos, todo de primera.
Casi sin solución de continuidad, nos plantamos en la hora de comer. La pequeña barra y las tres mesas no dan mucho de sí, y además es inútil reservar. O sea, que vas con antelación o hay poco que hacer.
Hay guisos caseros que cambian a diario, a veces paella de galeras, conejo con tomate y caracoles, y en invierno poatajes y lentejas. También ofrece alguna carne de calidad en compañía de sus estimadísimas patatas fritas.
Cierra tardes, noches y fines de semana.
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