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Una nevera preside la entrada extendiendo la barra en forma de L tras de sí.
Y aquí acaba el local. Sardinas, sardinas y más sardinas, santo y seña de una manera de entender la restauración. Bullicio, horario comprimido.
Riñones, hígado, lleterola. No sólo de sardinas vive el hombre, también la casquería tiene su espacio. Los vinos, con un estola o un barbadillo, basta.
Aquí no hay sitio ni para la pose ni para falsedades. Todo es auténtico. Comes de pie, sigues el ritmo de la cocina, del camarero. El ritmo de otro tiempo mantenido hasta hoy en día.
El precio, estupendo. La sensación al salir, inmejorable.
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