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Domingo; 13:30 pm; cruce Avda. del Puerto - Manuel Candela.
Buscas donde comer con unos amigos; tu hija protesta; el niño de tus amigos también; mujeres con mirada capciosa; situación crítica; pasas frente al Bar Juan; te llaman la atención los pulpitos, los calamares, la dorada, el sepionet, las gambas y toda esa alegre fauna marina que te saluda desde las pinturas populares de los cristales del bar; ¡qué tradicional¡ ¡qué popular!
Entras; te recibe el mismísimo Juan, sonriente, con esa sonrisa de galán engominado de principios de siglo XX que te contagia, que contagia a las decenas de fotos suyas que, mostrando su perfil de cantante de Karaoke, decoran el bar junto con una interminable colección de cientos de búhos de todo tipo y una decena de enormes ollas de metal con contenido y edad inciertos.
Qué ambiente más distinto, más, más, no sé, ¿sospechoso? y te ofrecen una carta sin precios, y pides esto y lo otro, y ves que anota todo por partida doble; y llegan unos platos que te sorprenden por lo arriesgado de su sabor y su color.
Para esta temporada Juan apuesta por los ocres y los tonos grasientos, plantea un juego de regeneración y de fusión de sabores que consigue que ya no sepas si la gamba es gamba o, como decía Carlos Jesús, lo era, pero ¡fiu, fiu! ya no lo es, ahoda zoy un zepionet; y se esmera con deleite con las técnicas del extracocinado, el reposado de días, y el superrecalentado para conseguir un efecto revenido que potencia el sabor más que los chinos con el glutamato monosódico.
Y además, ¡qué popular! ¡qué vintage! lo presenta todo en bandejas de acero años 70; qué popular, qué marginal, ¡qué arriesgado! Y mordisqueas las gambas, y comes algo de pescadito o equivalente, y no te atreves con las clochinitas -¿No le han gustado?- y acabas zampándote las patatas fritas que has pedido para tu hija… y te dejas hasta el postre en el plato porque ya no sabes si es postre o aperitivo frío.
Y te quedas frío, pero de verdad, cuando pides la cuenta y te ves la cantidad a la que asciende la mariscada popular que te acabas de pegar. Y pagas, y sonríes, y te vas, para no volver, como dice la canción.
Lo único bueno de la experiencia es que la semana siguiente vas a algún sitio serio, aunque menos popular, eso sí, y, costándote solo un poquito más, disfrutas de la experiencia como no lo hacías en mucho tiempo; porque, en la comida, como en todo en la vida, se disfruta por contraste. Por tanto, ¡gracias Juan! por mostrarme la parte baja del listón que hace que disfrute mucho más de mi vida gastronómica de clase media.
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