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 La palabreja va emparejada a la Cumbre internacional de Gastronomía que se celebra en Madrid, a la que acuden Adría y todos los demás. Pero no es esa fusión de altísimos vuelos, la única que existe. Hoy en día, restaurantes griegos, libaneses, japoneses, peruanos, turcos, o de cualquier otra nacionalidad que se radiquen en nuestras ciudades, practican más que ninguna otra cosa una cocina fusionada. Fusionada entre lo de aquí y lo de allí, mezclando Oriente y Occidente, asimilando en sus elaboraciones las materias primas de nuestro entorno, y aún intentando no perder sus raíces. Por todo eso, algunos pretenden revestir su cocina de un hálito de modernidad y alta creación que resulta de lo más ridículo, y como tal pretenden cobrar, y otros en cambio, más provistos del sentido de la realidad, asumen el fenómeno de la fusión como el signo más común de nuestro tiempo globalizado.
Como casi siempre, fue la cocina francesa la que introdujo hace 35 años, especias y sabores orientales, texturas desconocidas, puntos de cocción livianos o directamente crudos y una estética minimalista en la presentación de platos. Unos años después, con la inmigración llegaron otras cocinas; la del Magreb, la de Centro América y la de Sudamérica. Se despertó la curiosidad occidental y la moda arrasó. Motivo de más para que no te metan la clavada.
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