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Estás cenando, todo ha ido bien hasta el momento. La compañía grata, buena comida, el vino acertado. Y llega la parte dulce de la velada, el remate final. La carta, que hasta ese momento anunciaba comedimiento en los precios, muestra un abrupto cambio de tono; cada postre está alrededor de los cinco o seis euros. Y como si por algún motivo oculto se nos adormeciera el genio, nos resignamos, como si fuera una ley natural pagar por postre mil y pico pelas y nada se pudiera hacer al respecto. Hay casos absolutamente bochornosos que directamente son para pedir la hoja de reclamaciones, como por ejemplo cobrar más de cinco euros por un postre industrial. En otros, aunque sean caseros, solo si se tratara de una creación de altísima repostería estaría medianamente justificado…
…si todo ha ido bien hasta ese momento y quieres mantener el buen sabor de boca, llega el momento de echar unas cuentas. La diferencia entre pedir la cuenta antes o después, puede significar con café e IVA incluido, un añadido de diez euros. De 15 a 25, por ejemplo, o de 20 a 30 euros. Tú verás si es porcentualmente aceptable.
Opciones; la peor, prescinde del postre y tu línea te lo agradecerá. La segunda y más aconsejable; vete a la terraza de una buena heladería, prolonga la noche, pide un impecable helado artesanal por apenas dos euros, o entra en una pastelería y escoge una de esas maravillas reposteras por otro par de euros y saboréala dando un paseo por el centro. También puedes ir a una horchatería a tomarte la clásica semi, o apostar por uno de los audaces preparados que ofrecen últimamente. Estés dónde estés siempre encontrarás un sitio.
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