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Genuinamente valenciano en su emplazamiento y en su interior. Literalmente camuflado entre la huerta (l'Horta Nord) lleva ahí desde hace casi 90 años. Su oferta bien merece el corto pero quebrado recorrido desde la ciudad. Nada más entrar se advierte la autenticidad del espacio y el buen gusto en todos los detalles.
Está atendido diligentemente por el nieto del fundador. Los entrantes que sirven son los de toda la vida, y van desde buenos como las anchoas, o el calamar de playa, pasando por excelentes, como la ensalada de tomate valenciano y ventresca, hasta llegar a la espectacularidad de las albóndigas de bacalao.
Para comer hacen buenos y variados arroces melosos y caldosos (no son mis favoritos aunque gente de mejor paladar los tiene en muy alta estima). Y para cenar ofrecen atún de primera, y otros pescados frescos, entrecot del Valle del Esla, embutido valenciano, figatells...
Pepico es un entendísimo del vino, y las recomendaciones que hace son de primera mano, juiciosas, superhonestas y apasionadas.
Los postres son caseros y de alto nivel (su mujer regenta/aba una pastelería).
En cuanto al precio, en estos sitios donde entra en juego el vino y la sobremesa, se puede gastar lo que quiera, desde 30, 35, 50, 70, 100 euros ... En cualquier caso, si uno los tiene, en Casa Pepico bien gastados estarán.
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