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Mientras desde la barra el camarero me cantaba la lista de innumerables de bocadillos, yo pensaba en lo joven que el cabronazo se mantenía. Habían pasado ventiseis años y allí todo seguía igual.
¡Lo que tuvieron que aguantar aquel curso con los borrachuzos del la clase D de COU Maristas! Descubrimos que guardaban el wisky en una trampilla del techo del cuarto de baño. Nos enganchábamos las botellas bajo el cinturón y camuflábamos el bulto sacándonos la camisa por fuera.
Ya sé, es patético, pido disculpas desde aquí. Parece que el sexto mandamiento no nos quedó claro del todo... o quizás fue el séptimo.
Afortunadamente al poco nos pillaron in fraganti... y como no podía ser de otra manera nos cantaron las cuarenta.
A parte de hacer el cafre nos tomabamos de cuando de cuando unos bocadillo buenísimos, tanto como el que llegue a escuchar de vuelta del rviaje mental al pasado
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